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Primer grado: padres y chicos que hacen su tarea
Por la Lic. Eva Guiragossian* 

Dejar la sala de preescolar con sus juegos; entrar a un gran salón donde el material didáctico se cambia por un cuaderno, cartuchera y libros; cambiar los aprendizajes con elementos concretos y coloridos, para pasar a la lógica de lo abstracto. Todas estas son cuestiones que requieren de una adaptación gradual, tanto en el aula como en casa. Del acompañamiento de los padres dependerá que los chicos creen buenos hábitos de resolución y cumplimiento.

Cuando los niños son pequeños, hacer la tarea no es solo responsabilidad de ellos, sino también del seguimiento y apoyo diario de sus padres, una vez finalizada la jornada escolar. Acompañar a los hijos en sus aprendizajes implica mucho más que llevarlos y retirarlos de la institución. Es también demostrar interés cuando se les pregunta cómo fue su día, qué temas vieron, qué aprendieron, qué les resultó fácil  o complicado. Es preguntarles si tienen tarea, alentarlos en sus avances, estimularlos a mejorar y ayudarlos a solucionar las dificultades que se les puedan presentar sin resolverlas por ellos. 

Asimismo, es responsabilidad de los adultos prever espacios de descanso, juego y realización de las tareas. Al generar buenos hábitos, para que la experiencia de primer grado sea positiva, se construirá una buena base de la relación entre el niño y la escuela en los años siguientes.
                            
Claves para enseñar a hacer los deberes

Es normal que, eventualmente, los niños se resistan a hacer la tarea en casa. Y esto muchas veces puede generar tensión y discusiones que perjudican el proceso educativo. Para evitar estas situaciones, y enseñar a los hijos que los deberes son parte de la rutina diaria, conviene crear ciertos hábitos y entornos favorables: 

  • Establecer un sitio apropiado para hacer la tarea. Lo ideal es que sea siempre el mismo, que esté bien iluminado y que allí el niño tenga acceso a todo lo necesario para realizar sus deberes. También, que sea un lugar sin distracciones, que le permita concentrarse y que, con el paso del tiempo, se llegue a asociar con el estudio. Es clave que, mientras se dedica a sus deberes, el pequeño no tenga acceso ni al teléfono ni a la televisión. 
  • Fijar un momento del día conversando con el niño. Al igual que con el lugar, también hay libertad para optar por cuál será el momento dedicado a los deberes. Pero una vez elegido, se lo debe cumplir. Esto contribuye a crear hábitos de estudio y disciplina, y también ayuda a evitar discusiones: cuando llega la hora, toca hacer los deberes. Lo más recomendable es que sea temprano, después de un rato de distracción o descanso, y no dejarlo para la nochecita. Cuanto más tarde se haga, el niño estará más cansado, tendrá menos ganas y le costará más.
  • Ser firmes en el cumplimiento de la hora y el lugar para hacer la tarea. No quiere decir que haya que ser inflexibles de un modo radical, pero sí que se note que, cuando no se cumple con un horario, se trata de una excepción (cumpleaños, visitas, médico, etc.). 
  • Acompañar a los niños mientras hacen las tareas. Significa estar cerca de ellos, pero no encima. Tampoco implica "hacerles" los deberes. Es importante dejar que los niños realicen sus actividades del modo más independiente posible, estando atentos y disponibles por si necesitan preguntar alguna palabra nueva o confirmar si algo que piensan está bien. También es muy positivo que el adulto haga sus propios "deberes" a la vista del niño, mientras este hace los suyos: cálculos relacionados con la economía hogareña, revisión de facturas u otros papeles, leer un libro, escribir, etc. Será una motivación extra por dos motivos: por un lado, porque los pequeños siempre intentan parecerse a sus mayores y, por otro, porque es una excelente manera de demostrarles que lo que aprenden ahora les servirá para su futuro.  
  • Estar atentos para ayudar, sobre todo si el niño se atasca con la tarea. La manera, por supuesto, no es hacer la actividad por él, sino darle alguna pista para acercarlo a la solución correcta. Si se lo nota agotado mentalmente, es necesario permitirle un respiro (alrededor de 15 minutos) luego de un lapso largo de trabajo, para despejar la mente antes de retomar la tarea.
  • Revisar los deberes hechos. Eso demuestra interés del adulto hacia las actividades del niño y, además, permite una instancia de corrección. La revisión siempre debe comenzar por destacar lo positivo: las cosas que el niño ha hecho bien, los avances y mejoras que se detecten. Esto será tomado como un reconocimiento por su trabajo y lo animará a seguir adelante. Luego, conviene mencionar los errores, sin dramatismos ni exageraciones. Por graves que sean, son faltas que se pueden corregir y forman parte del proceso de aprendizaje. 
  • Evitar las "recompensas" por hacer los deberes. Una cosa es la motivación y otra la promesa de un premio a cambio de que el niño haga lo que le corresponde: sus tareas. Con una oferta de este tipo, se corre el riesgo de que la situación se desnaturalice y el pretendido premio se convierta en una especie de "soborno" y, más delante, de manipulación. Lo más apropiado es que las motivaciones y los incentivos sean de otra clase y que lo lleven a sentir “que puede”, “que sabe”, “que aprende”, “que se está haciendo más grande”, etc.
  • Hablar de los deberes escolares siempre en términos positivos. La connotación de las palabras es fundamental en este sentido: si los padres se refieren a los deberes con expresiones que lo presentan como un castigo, algo malo, pesado o aburrido, seguro que los niños los vivirán de esa manera. Por eso, siempre lo adecuado es que, cuando se hable de las tareas, se haga con palabras "buenas", que destaquen lo mucho que aprenderán, para qué les servirá en el futuro, lo interesantes que pueden ser los conocimientos, etc. 
  • Ayudarle a asociar los nuevos contenidos trabajados con otros aprendizajes adquiridos en clases anteriores o en situaciones de la vida cotidiana. Esto permitirá expandir y reforzar las redes neuronales que fijan los conocimientos por mayor tiempo.

*La autora es licenciada en Psicopedagogía y Orientadora Escolar.