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Los niños también sufren estrés

Nuestra sociedad actual, con su ritmo vertiginoso, agitado y complicado, no solo afecta a los adultos produciendo tensión y presión, sino también a los niños. Ellos sufren en forma directa e indirecta continuas situaciones que amenazan su diario vivir.     

Frente a situaciones de peligro, duelos, pérdidas, enfermedades graves o diversas crisis, los niños, al igual que los adultos, pueden experimentar estrés, miedo y tristeza. Estas son respuestas saludables y esperables, hasta que logran restablecer el equilibrio.

Hoy, sin embargo, los niños se ven sometidos a otras presiones que también los hacen más vulnerables, como el aumento de la violencia, la inseguridad social, la influencia negativa de la tecnología y los medios de comunicación, los conflictos familiares sin resolver, el divorcio de los padres, la falta de límites, la ausencia de modelos coherentes a seguir y la presión por sobresalir en todo.

Dado que todos los niños son diferentes, las situaciones de estrés pueden impactar de distinto modo en cada uno de ellos. El contexto en que viven, la edad, la madurez emocional y el temperamento determinarán la manera en que las afronten.

Es de vital importancia que los adultos estén atentos a los cambios de conducta de los chicos, ya que algunos síntomas pueden ser indicadores de alarma si persisten en el tiempo o le impiden al niño el normal desarrollo de sus actividades cotidianas. En algunos casos, puede tratarse de síntomas de depresión, ansiedad, trastornos de conducta u otros, pero si se los trata a tiempo y de manera adecuada, pueden resolverse o encaminarse de manera favorable.

Cómo detectar síntomas de estrés emocional

Se debe estar atento a:

  • Cambios en los hábitos de sueño, como insomnio, hipersomnia o pesadillas persistentes.
  • Cambios en los hábitos alimentarios, como pérdida o incremento notable del apetito y del peso.
  • Síntomas físicos sin causa orgánica, como dolores de cabeza o de estómago.
  • Cambios en el rendimiento académico, como dificultades para concentrarse o prestar atención o descensos significativos de las calificaciones.
  • Sentimientos extremos, como llanto fácil, tristeza persistente, enojo reiterado, irritabilidad frecuente o miedos intensos o injustificados.
  • Cambios de conducta, como pérdida del interés por jugar con amigos, aislamiento, dificultad para estar solo, comportamiento inadecuado, agresividad o violencia.
  • Pensamientos negativos/pesimistas recurrentes, como sensación de inutilidad o desvalorización, desgano o desmotivación generalizados, o preocupación continua.
  • Amenazas de hacerse daño a sí mismo o a otras personas.

Ante la presencia de alguno de estos síntomas, es fundamental en primer lugar hablar con el niño, sus maestros u otras personas cercanas a él, para poder detectar las causas y luego encauzar su resolución.