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Prevención y abordaje de violencia y "bullying" en las escuelas
Por la Lic. Cintya Elmassian*

Luego de la familia, la escuela es un espacio de socialización que brinda a los niños, niñas y adolescentes oportunidades de encuentro, alternativas de relación y distintas experiencias de aprendizaje que dejarán huella en sus vidas. Cuando estas vivencias son positivas, los chicos pueden disfrutar y trabajar con responsabilidad para cumplir con sus tareas y sus metas, jugar con otros, hacer amigos y definir satisfactoriamente su identidad.

Pero la escuela es también el ámbito en el que más se da la intimidación o bullying, no porque este espacio sea el causante de dichas conductas, sino porque los chicos trasladan a él modelos de relación instalados en la sociedad. En el contexto actual, niños y adolescentes repiten, en la mayoría de los casos, las mismas reacciones que otros han tenido con ellos, las que aprendieron o las que padecieron por presenciarlas. Esta violencia “instalada” nos lleva a naturalizarla y a minimizar sus efectos.

Si bien las primeras causas de la violencia infantil se originan en el hogar, los medios de comunicación también ejercen en los niños una influencia negativa. Cuanto más expuestos están los chicos a la agresividad en la televisión –a través de programas que la exaltan– o en los videojuegos –que simulan asesinatos o entrenamientos con armas de fuego–, más se incrementa la probabilidad de que imiten esas conductas como modos de resolver sus problemas y las incorporen como una manera natural de respuesta.

Sin embargo, pese a todos los factores de influencia negativa, muchos niños y jóvenes eligen no agredir. La agresión es una conducta aprendida –es decir, nadie nace “violento”– y, por lo tanto, se puede desaprender y modificar. 

El bullying es una de las maneras en que se puede manifestar la violencia en la escuela y se da especialmente en grupos que no cuentan con la supervisión de los adultos. 

En un trabajo desarrollado por la Unesco, entre 2009 y 2011, y publicado en la Revista CEPAL de la Comisión Económica para América Latina, se llegó a las siguientes conclusiones, entre otras:
  • “La violencia entre estudiantes constituye un problema grave en toda América Latina, tanto por su magnitud como por sus consecuencias académicas”… “Según se desprende del trabajo, el 51,1% de los estudiantes de sexto grado de educación primaria de los 16 países latinoamericanos examinados dicen haber sido víctimas de insultos, amenazas, golpes o robos (bullying) por parte de sus compañeros de escuela durante el mes anterior al que se recogieron los datos”.
  • “El estudio constata además que los niños y niñas víctimas de bullying logran un desempeño en lectura y matemáticas significativamente inferior al de quienes no sufren este maltrato. Asimismo, en las aulas que registran más casos de violencia física o verbal, los alumnos muestran peores desempeños que en aquellas con menores episodios de maltrato entre pares. En términos de insultos o amenazas, Argentina es el país que muestra las cifras más altas. En Argentina, y desgraciadamente en todo el mundo, los casos de hostigamiento son cada vez más frecuentes, y la violencia no termina en el aula sino que se puede trasladar a las redes sociales, con lo que la humillación se hace pública”.
¿En qué consiste el bullying

Es la intimidación o acoso intencionado, persistente y sistemático de un niño, niña o adolescente hacia otro al que elige como víctima, con la intención de someterlo al maltrato, al sufrimiento o a otras acciones que atenten contra su integridad física o emocional, para dañarlo. Se da en relaciones de desigualdad de poder entre pares, contra una persona concreta (y no contra un grupo). 

El término proviene del inglés bull (toro) y se puede traducir como “torear”. Lo introdujo Dan Olweus, un investigador noruego que observó hace más de 20 años estas conductas en la escuela, entre niños y adolescentes. 

Es importante diferenciar las peleas esporádicas de los chicos o las bromas sin mala intención entre amigos del auténtico maltrato. A diferencia de este, las primeras no tienen impacto traumático en el niño y se resuelven con rapidez. 

Frente a las situaciones de bullying, además de la víctima y el agresor (que no siempre ejecuta las acciones que maquina), intervienen un grupo de “espectadores” (pares que observan pasivamente las agresiones del bully o se identifican con él, siguiendo sus órdenes y festejándolas) y los “adultos ausentes” (indiferentes o que intervienen de modo ineficaz). 

Los agresores, en general, son niños populares en el grupo, que tienen dificultad para controlar los impulsos, la ira o la agresividad, y para entablar relaciones interpersonales saludables. Son insensibles al sufrimiento ajeno, insultan, humillan en público, niegan o minimizan sus agresiones culpabilizando a otros, o las justifican argumentando que la víctima se las merecía. Asimismo, son admirados o temidos por sus iguales, pero no rechazados. Amenazan a los observadores y los presionan para que guarden silencio y excluyan al agredido del círculo de amigos. Suelen faltar el respeto a la autoridad y desafiar a los adultos. Disfrutan de sus comportamientos y están dispuestos a soportar algunos castigos o consecuencias negativas a cambio de la sensación de poder que les da la intimidación. El objetivo que persiguen no es obtener recompensas tangibles, sino lastimar a las víctimas. Estos comportamientos muestran que el agresor no tiene la voluntad de cambiar, lo cual hace más difícil que actúe de manera diferente.

En la mayoría de los casos, los niños elegidos como víctimas son aquellos a los que nadie defenderá, quienes suelen ser tímidos, destacados en el estudio, poseedores de habilidades artísticas, no atléticos o diferentes a los demás. Tienen poca confianza en sí mismos, pero esta falta de autoconfianza también podría resultar de la intimidación. 

Las características de apariencia, discapacidad o habilidad que por sí mismas son difíciles de manejar aumentan la probabilidad de que un niño sufra intimidación. Los agresores buscan esos “atributos” para justificar sus agresiones.

Para la víctima, es muy difícil salir por sus propios medios, ya que no cuenta con los recursos para defenderse. Si lo intenta, los agresores pueden intensificar sus acciones para reafirmar su poder o trasladar su acoso a otro niño susceptible.

Muchas veces, la víctima reacciona gritando, y es a quien el docente termina por retar y aplicar una sanción, por considerar esa conducta como inapropiada. Así, el acosador festeja su triunfo, al igual que sus seguidores. Por otra parte, la mayoría de las veces los observadores se distancian del maltratado por temor o para protegerse a sí mismos. La actitud de silencio y pasividad, e incluso la risa nerviosa que manifiestan, son interpretadas por los agresores como señales de aprobación.

¿Cómo son las agresiones?

El maltrato puede tomar diversas formas:
  • Agresiones físicas (más comunes entre los varones):
    1. Directas: pegar, dar empujones, abofetear, patear, etc. 
    2. Indirectas: esconder, romper, robar objetos de la víctima.
  • Agresiones verbales:
    1. Directas: amenazar, vocear, burlarse, insultar, poner apodos, hostigar por causas raciales, étnicas o sexuales, o cualquier otro comportamiento que hiera los sentimientos de los demás.
    2. Indirectas: hablar mal a sus espaldas, hacer que lo oiga “por casualidad”, enviarle notas groseras o cartas, hacer pintadas, difundir falsos rumores, etc. El “agresor asistente” cuenta a la víctima lo que dicen sobre ella y disfruta la sensación de poder que eso le genera, sin asumir responsabilidad por el dolor del afectado.
  • Agresiones relacionales: 
    1. Directas: excluir a la víctima de manera deliberada de ciertas actividades o impedir su participación (esto hace que se mantenga alejada en el patio, sea evitada en clase y siempre quede sola).
    2. Indirectas: ignorar a la víctima, hacer como si no estuviera o como si fuera “transparente”.
Estas agresiones que tienen como objetivo la exclusión social se dan más entre las nenas, y aunque los adultos suelen considerar que es menos severa que la física o verbal directa, y que no deben entrometerse cuando ocurre, su impacto es mayor que el que produce golpear o fastidiar. La víctima siente vergüenza y, en silencio, permite que la sometan, por el temor al aislamiento y por el deseo de ser aceptada y de pertenecer al grupo. Permanecer en este tipo de vínculos predispone a las niñas a considerar ese abuso como normal en la relación de amistad y a aceptar, en el futuro, relaciones de pareja abusivas.   

El rol clave de los adultos

En varias encuestas realizadas a alumnos de secundario, la mayoría manifestó que los profesores o adultos ignoraban los incidentes de intimidación, o que intervenían, por ejemplo, hablando del tema, pero que no se generaban cambios. Y coincidieron al expresar el deseo de que los profesores intervinieran de manera activa.

La primera reacción de los adultos, en general, es la negación: “en esta escuela no ocurre esto”, “mi hijo no es agresor”, afirmando así que los niños no tienen la intención de agredir ni de hacer daño. Por otro lado, muchos adultos no consideran graves las burlas, las palabras ofensivas y los apodos descalificativos, y de esta forma, minimizan sus efectos. Otros culpabilizan a las víctimas, argumentando, por ejemplo, que no saben defenderse por sí mismas, o justificando la agresión: “por algo se lo dirá”, “el/ la que tiene que cambiar es él/ella”…. 

Pero el maltrato es perjudicial siempre, sobre todo cuando el entorno lo silencia y lo tolera. Es un problema que afecta a todos los que de una u otra manera intervienen, y en el cual cada persona involucrada tiene su parte de responsabilidad.

En la víctima, el maltrato tiene consecuencias duraderas. Suele producir trastornos relacionados con el estrés, ansiedad, agresión, depresión y dificultades en el aprendizaje. Si el bullying es sostenido y sistematizado, puede ser causa de muerte: el hostigado puede suicidarse o pueden matarlo los hostigadores por las palizas y golpes. En algunos casos extremos, la víctima resuelve la situación matando a sus hostigadores. Vale recordar los episodios de Columbine, en EE.UU., y Carmen de Patagones, en Argentina.

Los agresores son más propensos a involucrarse en comportamientos autodestructivos, como consumo de alcohol, cigarrillo y drogas. Si su comportamiento agresivo no se revierte, pueden consolidar una personalidad delictiva y, en la adultez, presentar conductas violentas o abusivas con sus parejas.

Para combatir el maltrato desde la escuela, es indispensable la cooperación y el esfuerzo de cada uno de los que están implicados: autoridades educativas, padres, alumnos. En este camino de cambios, los padres y docentes deberán asumir un rol activo para intervenir de manera eficaz y establecer programas de prevención y manejo de la violencia adecuados; el agresor deberá aprender a reaccionar sin lastimar a otros; el agredido, a afrontar y responder asertivamente; y los observadores, a unirse para no ser cómplices del maltrato.

Debido a que estas conductas se desencadenan de manera rápida y oculta en espacios en que los niños no están bajo la mirada de sus docentes, estos ámbitos son los que más requieren de la atención e intervención de los adultos: recreos, baño, pasillos, salida del colegio, Internet, celulares, etc.

Es un derecho fundamental del estudiante estar seguro en la escuela y ser tratado con dignidad. Nadie merece ser victimizado por ser aquello que es, ni por tener otra cultura u otra manera de ser. La escuela, como responsable de la protección de sus alumnos, tiene que proporcionar un entorno seguro donde las diferencias sean apreciadas y TODOS los niños, niñas y adolescentes sean valorados.      


*La autora es licenciada en Psicología y coordinadora del Departamento de Programas Educativos y Publicaciones Infantiles de FUNCEI.